Los libros de cuentos tenían mala fama: que no se vendían, que eran desagradecidos, que pasaron de moda. Algo había de cierto. Sin embargo, desde hace unas décadas el cuento ha estado en auge: justo por estos días Penguin Random House publicó un nuevo libro de cuentos de Lina María Parra, Una cosa salvaje que conoce la muerte. Y supongo que podemos hablar del canon de Mariana Enríquez y de su más reciente libro de cuentos Un lugar soleado para gente sombría, publicado por Anagrama.
Dos ejemplos que demuestran la vigencia del cuento, la tendencia de títulos largos para libros de cuentos y que los títulos pueden ser tan ambiguos como los buenos cuentos: ¿es la muerte la que conoce la cosa salvaje o es la cosa salvaje la que conoce la muerte?
Es posible imaginar al lector contemporáneo con un libro en una mano y en la otra un celular. Cuando se aburre de leer o cuando se despista, va al celular y se echa un pase de la nueva droga: el scroll. ¿No le sucedería lo mismo con los videos largos —que los desecha con rapidez— y por esa misma razón prefiere los cuentos que las novelas?
No sé qué fue primero, si el cuento o la gallina. Sí sé que fue primera la sensación de mirar hacia el cielo y quedarse un rato perdido en una trama de cuento que hace de las suyas en la cabeza.
Hay lectores de novelas, hay lectores de poesía, hay lectores de cuentos. Es lo que dice el manual. Pero en esta época de vértigo, en esta época de vacío existencial repleto de información, el cuento asoma la cabeza de duende. También es cierto que estamos lejos de los cuentos como una maquinita perfecta, tal y como los pensaba Cortázar.
A pesar de que mucho del género se haya vaciado de sí mismo, el duende sigue sonriéndonos al borde de las páginas, nos ilumina —o nos ensombrece— y nos da un chispazo de comprensión que lo cambia todo —y, por supuesto, no cambia nada—.