Aunque el nombre de Juan José Saer no resulta familiar en un primer momento, la lectura revela de inmediato una prosa de notable belleza. No solo destacan las descripciones de momentos apacibles —como las formas de la luna mientras el personaje navega—, sino también la capacidad del autor para dotar de precisión y elegancia los episodios más crudos y perturbadores, sin caer en lo morboso.
La historia está tejida con maestría y contiene reflexiones que conservan vigencia: tan pertinentes hoy como en 1983, año de su escritura, e incluso en el siglo XVI, época en la que transcurre. La narración se desplaza con eficacia entre espacios, tiempos y planos de conciencia, transitando del presente al pasado, de la observación externa a la introspección, con un trasfondo que roza lo filosófico. A ello se suma un epígrafe contundente que establece con precisión el tono de la obra.
La línea inaugural —«De esas costas vacías me quedó sobre todo la abundancia de cielo»— anticipa una de sus decisiones formales más interesantes: la ausencia de capítulos. El texto, como ese cielo que evoca, fluye sin interrupciones. Pese a ello, la narración nunca resulta apresurada; por el contrario, mantiene un ritmo apacible y sostenido, como si todo hubiese sido observado desde una distancia elevada. Esta perspectiva adquiere particular relevancia al tratarse de un relato en primera persona.
Mención especial merece la manera en que el motivo del título, entenado (hijastro), se despliega a lo largo de la obra en múltiples niveles, algunos sutiles y otros explícitos. El resultado es una lectura fluida y envolvente, capaz de transmitir tanto el calor de las playas como el desconcierto de un choque cultural profundo, sostenido además por una base histórica sólida.
Primera edición